La historia real
Ese mismo año en que tuve la crisis, mientras trabajaba en psicología infantil, viví una experiencia que cambió la dirección de todo. Mi hijo recién nacido cayó gravemente enfermo y estuvo semanas en la UCI. Hice lo único que podía hacer: estar. Contacto sostenido, voz, presencia continua. Cuando por fin pudo salir, se recuperó sin secuelas.
Los médicos decían: la madre salvó al niño. Yo no lo entendí como un cumplido. Lo entendí como una pregunta clínica: ¿qué estaba ocurriendo en ese sistema nervioso? ¿Qué cambiaba en el cerebro de un bebé cuando había presencia continua, regulación externa, contacto que no abandonaba?
Pasé los años siguientes investigando exactamente eso: qué ocurre en el cuerpo, en el sistema nervioso, en el cerebro — no solo en la mente que comprende.
Estudié apego, psicología analítica junguiana, y busqué lo que trabajara también a nivel físico. Conocí el EMDR antes del año 2000, en sus primeras etapas en España. Ahí algo encajó: había una vía de acceso que no pasaba únicamente por el lenguaje. Luego la Integración del Ciclo Vital con Peggy Pace, el Brainspotting, el marco polivagal para leer la regulación del sistema nervioso autónomo. Estudié con Bessel van der Kolk, me formé en EMDR con Anabel González.
En cada método encontraba algo valioso. Y en cada método encontraba también lo que faltaba.
En 2011 nació el Método SHEC — no como una técnica más, sino como la destilación de décadas de práctica clínica, organizado en un protocolo que interviene directamente en el sistema nervioso, no retraumatiza, y puede aplicarse desde la primera sesión.